La virgen María nos acompaña en la Misión

Muy queridos discípulos misioneros:

El mes de Mayo ha sido un mes dedicado a la Virgen María. Sería una pena que esta bella tradición se perdiera. Entre las muchas formas e invocaciones que existen para dirigirse a María, una de ellas es la que llama a María, “Estrella de la mañana”. Está muy bien puesto este título. Ella es la estrella que anuncia a los hombres la llegada de un nuevo amanecer, lleno de vida. Ella, acogiendo en su seno, al Hijo de Dios, ofrece a los hombres la vida eterna, el sol que no conoce el ocaso, Jesucristo Señor nuestro.

María nos sitúa, junto a su Hijo,  en el camino de la verdad y continuamente nos repite  aquellas mismas palabras que dijo a los sirvientes de las bodas de Caná: “haced lo que Él os diga” Y por eso, de la mano de María, en este mes dedicado a ella, ponemos nuestra mirada en Jesús y renovamos nuestra fe y nuestro firme deseo de seguirle, de amarle y de ser misioneros de su misericordia.

Debemos dar gracias a Dios por la conciencia, cada vez más clara, que muchos van adquiriendo de su dignidad de bautizados, que les va haciendo vivir con gozo su encuentro con Cristo y les va impulsando a compartir con otros la alegría de este encuentro.

Sin embargo, a la vez que damos gracias a Dios tenemos también que abrir los ojos para contemplar con la mirada misericordiosa de María, la realidad de una sociedad que, alejándose de Dios, se está también alejando de forma alarmante del hombre mismo, de su dignidad y de sus derechos más esenciales: una sociedad, muy vacía de valores, que está generando grandes tensiones sociales, la destrucción de muchas familias y la confusión y el sufrimiento de un gran número de personas, especialmente niños y jóvenes.

Tenemos que pedirle a la Virgen en este mes de Mayo una revitalización interna de nuestra fe y un fuerte impulso misionero. La misión no es algo que se añade a la vocación cristiana. La misión forma parte de esta vocación. Como nos recuerda el Vaticano II, la vocación cristiana es por su misma naturaleza vocación al apostolado.[1] Y el apostolado no es otra cosa que el anuncio de Cristo. Tenemos que sentir la urgencia de anunciar a Cristo con el testimonio de vida y con la palabra. La madurez evangélica tanto en las personas como en los grupos se manifiesta sobre todo en su celo misionero y en su capacidad de ser testigos de Cristo en todas las situaciones y en todos ambientes sociales, culturales o políticos.

Cristo os envía a ese mundo en el que estáis, decía el Santo Papa Juan Pablo II, para llevar la luz del evangelio a muchas gentes que están perdidas, como ovejas sin pastor. ¡Ayudadles a descubrir su dignidad y su vocación! “La promoción y la defensa de la dignidad y de los derechos de la persona humana, hoy más urgente que nunca, exige la valentía de personas animadas por la fe, capaces de un amor gratuito y lleno de compasión, respetuosas de la verdad del hombre, creado a imagen de Dios y destinado a crecer hasta llegar a la plenitud de Cristo Jesús (cf. Ef. 4,13). No os desaniméis ante la complejidad de las situaciones. Buscad en la oración la fuente de toda fuerza apostólica; hallad en el evangelio la luz que guíe vuestros pasos”.[2]

Acudamos estos días con mucha confianza a María para que ella nos alcance de su Hijo la gracia de sentir el gozo y la belleza de la vida cristiana, y para que, dejándonos transformar por Él, contribuyamos con nuestro esfuerzo en la construcción de un mundo en el que, respetando la pluralidad de razas y culturas, resplandezca la dignidad del hombre, imagen de Dios. Que ella interceda por nosotros, y, como decimos en la Salve, nos muestre a Jesús, fruto bendito de su vientre.

Os espero, con ilusión, el próximo día 3 de Junio, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, a las 21 h en el Cerro de los Ángeles para clausurar el Año de la Misión, y para conmemorar, junto con las diócesis de Madrid y de Alcalá, el venticinco aniversario de la creación de la Provincia Eclesiástica de Madrid, consagrándonos todos al Corazón de Jesús.

Con mi bendición y cariño, un abrazo muy fuerte.

Joaquín María. Obispo de Getafe.

[1] Vaticano II. Apostolicam Actuositatem,2

[2] Juan Pablo II. Mensaje al Congreso Internacional del Laicado Católico, nº 4.( 21 de Noviembre de 2000)

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